PSICOLOGÍA DE LA EMOCIÓN – Mariano Chóliz (2005)

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Mariano Chóliz (2005):

Psicología de la emoción: el proceso emocional
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PSICOLOGÍA DE LA EMOCIÓN:
Mariano Chóliz Montañés
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ÍNDICE
1. INTRODUCCIÓN………………………………………………………………………………………….. 3
2. FUNCIONES DE LAS EMOCIONES ……………………………………………………………… 4
2.1. Funciones adaptativas……………………………………………………………………………….. 4
2.2. Funciones sociales……………………………………………………………………………………. 5
2.3. Funciones motivacionales …………………………………………………………………………. 6
3. EMOCIONES BÁSICAS………………………………………………………………………………… 7
4. ANÁLISIS DIMENSIONAL DE LAS EMOCIONES………………………………………… 9
5. DINÁMICA DE LA REACCIÓN AFECTIVA………………………………………………… 20
6. VARIABLES IMPLICADAS EN LA EMOCIÓN (teorías sobre la emoción) ……… 23
6.1. Posiciones evolucionistas. ……………………………………………………………………….. 23
6.2. Variables psicofisiológicas………………………………………………………………………. 24
6.3. Estructuras neurológicas centrales…………………………………………………………….. 26
6.4. Aspectos conductuales…………………………………………………………………………….. 28
6.5. Variables cognitivas. ………………………………………………………………………………. 29
a. Procesos de valoración cognitiva……………………………………………………………… 30
b. Atribución de causalidad. ……………………………………………………………………….. 30
c. “Control de evaluación de los estímulos”………………………………………………….. 31
d. Imágenes mentales…………………………………………………………………………………. 32
e. Procesamiento de información emocionalmente relevante ………………………….. 32
6. EMOCIONES Y SALUD………………………………………………………………………………. 33
Psicología de la Emoción: el proceso emocional
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1. INTRODUCCIÓN
“Casi todo el mundo piensa que sabe qué es una emoción hasta que intenta definirla.
En ese momento prácticamente nadie afirma poder entenderla” (Wenger, Jones y Jones,
1962, pg. 3).
La psicología de la emoción es una de las áreas de la psicología en la que existe un
mayor número de modelos teóricos, pero quizás también un conocimiento menos
preciso. Posiblemente sea debido a que se trata, por las propias características del objeto
de estudio, de un campo difícil de investigar, en el que los estudios sistemáticos son
recientes y quizá hasta hace unas décadas mucho más escasos que en cualquier otro
proceso psicológico, al tiempo que la metodología utilizada es, si cabe, mucho más
variada y diversa.
En la exposición de los aspectos conceptuales de la motivación vamos a seguir la
misma lógica que en lo que se refiere a la motivación, esto es, centrarnos en las
variables principales que están incidiendo sobre la emoción y relacionar en ese contexto
las aportaciones teóricas y experimentales de diferentes autores.
Habitualmente se entiende por emoción una experiencia multidimensional con al
menos tres sistemas de respuesta: cognitivo/subjetivo; conductual/expresivo y
fisiológico/adaptativo. Este planteamiento coincide con el modelo tridimensional de la
ansiedad propuesto por Lang (1968). Para entender la emoción es conveniente atender a
estas tres dimensiones por las que se manifiesta, teniendo en cuenta que, al igual que en
el caso de la ansiedad, suele aparecer desincronía entre los tres sistemas de respuesta.
Además, cada una de estas dimensiones puede adquirir especial relevancia en una
emoción en concreto, en una persona en particular, o ante una situación determinada. En
muchas ocasiones, las diferencias entre los distintos modelos teóricos de la emoción se
deben únicamente al papel que otorgan a cada una de las dimensiones que hemos
mencionado.
Cualquier proceso psicológico conlleva una experiencia emocional de mayor o
menor intensidad y de diferente cualidad. Podemos convenir que la reacción emocional
(de diversa cualidad y magnitud) es algo omnipresente a todo proceso psicológico.
Desde el advenimiento de la psicología científica ha habido sucesivos intentos por
analizar la emoción en sus componentes principales que permitieran tanto su
clasificación, como la distinción entre las mismas. Quizá la más conocida sea la de
teoría tridimensional del sentimiento de Wundt (1896), que defiende que éstos se
pueden analizar en función de tres dimensiones: agrado-desagrado; tensión-relajación
y excitación-calma. Cada una de las emociones puede entenderse como una
combinación específica de las dimensiones que hemos mencionado.
A partir del planteamiento de Wundt se han propuesto diferentes dimensiones que
caracterizarían las emociones (Schlosberg, 1954; Engen, Levy y Schlosberg, 1958). No
obstante, las únicas que son aceptadas por prácticamente todos los autores y que además
son ortogonales son la dimensión agrado-desagrado y la intensidad de la reacción
emocional (Zajonc, 1980), si bien atendiendo únicamente a éstas no puede establecerse
una clasificación exahustiva y excluyente de todas las reacciones afectivas, puesto que
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emociones como la ira o el odio pueden ser desagradables e intensas y no se trata del
mismo tipo de emoción.
Es difícil, entonces, lograr una clasificación exahustiva de todas las emociones
posibles en base a dimensiones independientes. No obstante, la dimensión agradodesagrado
sería exclusiva y característica de las emociones, de forma que todas
reacciones afectivas se comprometerían en dicha dimensión en alguna medida. Esta
dimensión alguedónica de placer-displacer sería la característica definitoria de la
emoción respecto a cualquier otro proceso psicológico. De forma similar, Oatley (1992)
señala que lo realmente definitorio y diferenciador de las emociones es la disposición
para la acción y la “cualidad fenomenológica”. Así, una emoción podría definirse como
una experiencia afectiva en cierta medida agradable o desagradable, que supone una
cualidad fenomenológica característica y que compromete tres sistemas de respuesta:
cognitivo-subjetivo, conductual-expresivo y fisiológico-adaptativo.
2. FUNCIONES DE LAS EMOCIONES
Todas las emociones tienen alguna función que les confiere utilidad y permite que el
sujeto ejecute con eficacia las reacciones conductuales apropiadas y ello con
independencia de la cualidad hedónica que generen. Incluso las emociones más
desagradables tienen funciones importantes en la adaptación social y el ajuste personal.
Según Reeve (1994), la emoción tiene tres funciones principales:
a. Funciones adaptativas
b. Funciones sociales
c. Funciones motivacionales
2.1. Funciones adaptativas.
Quizá una de las funciones más importantes de la emoción sea la de preparar al
organismo para que ejecute eficazmente la conducta exigida por las condiciones
ambientales, movilizando la energía necesaria para ello, así como dirigiendo la conducta
(acercando o alejando) hacia un objetivo determinado. Plutchik (1980) destaca ocho
funciones principales de las emociones y aboga por establecer un lenguaje funcional que
identifique cada una de dichas reacciones con la función adaptativa que le corresponde.
De esta manera será más fácil operativizar este proceso y poder aplicar
convenientemente el método experimental para la investigación en la emoción. La
correspondencia entre la emoción y su función se refleja en el siguiente cuadro:
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Tabla 1: Funciones de las emociones (tomado de Plutchik, 1980)
Lenguaje subjetivo Lenguaje funcional
Miedo Protección
Ira Destrucción
Alegría Reproducción
Tristeza Reintegración
Confianza Afiliación
Asco Rechazo
Anticipación Exploración
Sorpresa Exploración
La relevancia de las emociones como mecanismo adaptativo ya fue puesta de
manifiesto por Darwin (1872/1984), quien argumentó que la emoción sirve para facilitar
la conducta apropiada, lo cual le confiere un papel de extraordinaria relevancia en la
adaptación. No obstante, las emociones son uno de los procesos menos sometidos al
principio de selección natural (Chóliz y Tejero, 1995), estando gobernados por tres
principios exclusivos de las mismas. Los principios fundamentales que rigen la
evolución en las emociones son el de hábitos útiles asociados, antítesis y acción directa
del sistema nervioso.
Los autores más relevantes de orientación neo-darwinista son Plutchik (1970),
Tomkins (1984), Izard (1984) y Ekman (1984). Como veremos más adelante, los
investigadores que se centran en el análisis de las funciones adaptativas de las
emociones ponen especial interés en el estudio de la expresión de las emociones,
análisis diferencial de las emociones básicas, estudios transculturales de las mismas y
funciones específicas que representan.
2.2. Funciones sociales.
Puesto que una de las funciones principales de las emociones es facilitar la aparición
de las conductas apropiadas, la expresión de las emociones permite a los demás predecir
el comportamiento asociado con las mismas, lo cual tiene un indudable valor en los
procesos de relación interpersonal. Izard (1989) destaca varias funciones sociales de las
emociones, como son las de facilitar la interacción social, controlar la conducta de los
demás, permitir la comunicación de los estados afectivos, o promover la conducta
prosocial. Emociones como la felicidad favorecen los vínculos sociales y relaciones
interpersonales, mientras que la ira pueden generar repuestas de evitación o de
confrontación. De cualquier manera, la expresión de las emociones puede considerarse
como una serie de estímulos discriminativos que facilitan la realización de las conductas
apropiadas por parte de los demás.
La propia represión de las emociones también tiene una evidente función social. En
un principio se trata de un proceso claramente adaptativo, por cuanto que es socialmente
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necesaria la inhibición de ciertas reacciones emocionales que podrían alterar las
relaciones sociales y afectar incluso a la propia estructura y funcionamiento de grupos y
cualquier otro sistema de organización social. No obstante, en algunos casos, la
expresión de las emociones puede inducir el los demás altruismo y conducta prosocial,
mientras que la inhibición de otras puede producir malos entendidos y reacciones
indeseables que no se hubieran producido en el caso de que los demás hubieran
conocido el estado emocional en el que se encontraba (Pennebaker, 1993). Por último, si
bien en muchos casos la revelación de las experiencias emocionales es saludable y
beneficiosa, tanto porque reduce el trabajo fisiológico que supone la inhibición
(Pennebaker, Colder y Sharp, 1990) como por el hecho de que favorece la creación de
una red de apoyo social ante la persona afectada (House, Landis y Umberson, 1988), los
efectos sobre los demás pueden llegar a ser perjudiciales, hecho éste que está constatado
por la evidencia de que aquéllos que proveen apoyo social al afligido sufren con mayor
frecuencia trastornos físicos y mentales (Coyne, Kessler, Tal, Turnbull, Wortman y
Greden, 1987).
2.3. Funciones motivacionales
La relación entre emoción y motivación es íntima, ya que se trata de una experiencia
presente en cualquier tipo de actividad que posee las dos principales características de la
conducta motivada, dirección e intensidad. La emoción energiza la conducta motivada.
Una conducta “cargada” emocionalmente se realiza de forma más vigorosa. Como
hemos comentado, la emoción tiene la función adaptativa de facilitar la ejecución eficaz
de la conducta necesaria en cada exigencia. Así, la cólera facilita las reacciones
defensivas, la alegría la atracción interpersonal, la sorpresa la atención ante estímulos
novedosos, etc. Por otro, dirige la conducta, en el sentido que facilita el acercamiento o
la evitación del objetivo de la conducta motivada en función de las características
alguedónicas de la emoción.
La función motivacional de la emoción sería congruente con lo que hemos
comentado anteriormente, de la existencia de las dos dimensiones principales de la
emoción: dimensión de agrado-desagrado e intensidad de la reacción afectiva.
La relación entre motivación y emoción no se limitan al hecho de que en toda
conducta motivada se producen reacciones emocionales, sino que una emoción puede
determinar la aparición de la propia conducta motivada, dirigirla hacia determinado
objetivo y hacer que se ejecute con intensidad. Podemos decir que toda conducta
motivada produce una reacción emocional y a su vez la emoción facilita la aparición de
unas conductas motivadas y no otras.
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3. EMOCIONES BÁSICAS
Una de las cuestiones teóricas actuales más relevantes, al mismo tiempo que más
controvertidas, en el estudio de la emoción es la existencia, o no, de emociones básicas,
universales, de las que se derivarían el resto de reacciones afectivas. La asunción de la
existencia de tales emociones básicas deriva directamente de los planteamientos de
Darwin y significaría que se trata de reacciones afectivas innatas, distintas entre ellas,
presentes en todos los seres humanos y que se expresan de forma característica
(Tomkins, 1962, 1963; Ekman, 1984; Izard, 1977). La diferencia entre las mismas no
podría establecerse en términos de gradación en una determinada dimensión, sino que
serían cualitativamente diferentes.
Según Izard (1991), los requisitos que debe cumplir cualquier emoción para ser
considerada como básica son los siguientes:
-Tener un sustrato neural específico y distintivo.
-Tener una expresión o configuración facial específica y distintiva.
-Poseer sentimientos específicos y distintivos.
-Derivar de procesos biológicos evolutivos.
-Manifestar propiedades motivacionales y organizativas de funciones adaptativas.
Según este mismo autor, las emociones que cumplirían estos requisitos son: placer,
interés, sorpresa, tristeza, ira, asco, miedo y desprecio. Considera como una misma
emoción culpa y vergüenza, dado que no pueden distinguirse entre sí por su expresión
facial. Por su parte, Ekman, otro de los autores relevantes en el estudio de la emoción,
considera que son seis las emociones básicas (ira, alegría, asco, tristeza, sorpresa y
miedo), a las que añadiría posteriormente el desprecio (Ekman, 1973; 1989, 1993;
Ekman, O’Sullivan y Matsumoto, 1991a y b).
En general, quienes defienden la existencia de emociones básicas asumen que se trata
de procesos directamente relacionados con la adaptación y la evolución, que tienen un
sustrato neural innato, universal y un estado afectivo asociado único. Para Izard (1977),
así como para Plutchik (1980), las emociones son fenómenos neuropsicológicos
específicos fruto de la selección natural, que organizan y motivan comportamientos
fisiológicos y cognitivos que facilitan la adaptación.
Como hemos comentado, la cuestión de la existencia de emociones básicas es un
tema controvertido, sobre el que no existe todavía el suficiente consenso entre los
investigadores. Ortony y Turner (1990) señalan que no existen tales emociones básicas
a partir de las cuales puedan construirse todas las demás, ya que cada autor propone un
número y unas emociones determinadas que no suelen coincidir con las que proponen
otros investigadores. Si realmente existieran emociones basicas claramente distintivas
no debería existir tal desconcierto. Para Ortony y Turner (1990) existen dos corrientes
principales que abordan las emociones básicas. Una biológica, que defiende que las
emociones básicas han permitido la adaptación al medio, se encuentran en diferentes
culturas y debe haber un sustrato neurofisiológico común entre las emociones básicas de
los mamíferos, e incluso de los vertebrados. La otra corriente, psicológica, defiende que
todas las emociones se pueden explicar en función de emociones irreducibles. Ambas
concepciones están muy relacionadas y su distinción es fundamentalmente didáctica.
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Ekman (1992) sale al paso de las críticas de Ortony y Turner para defender la
existencia de emociones básicas a nivel fisiológico corroborado por la existencia de una
serie de universales en la expresión emocional demostrados transculturalmente, así
como por un patrón fisiológico que caracterizaría a cada una de ellas. Las diferentes
manifestaciones de actividad del sistema nervioso autónomo estarían a la base de las
conductas motoras apropiadas para las distintas emociones, tales como miedo, ira o
aversión. Tales emociones estarían directamente relacionadas con la adaptación del
organismo, y por lo tanto es consecuente que tengan un patrón de actividad autonómica
específica, no así otras emociones tales como felicidad o desprecio.
No obstante, los resultados en este particular no son concluyentes, y la existencia de
patrones fisiológicos de respuesta característicos de cada reacción afectiva es más un
ideal que una realidad. El argumento que se ha esgrimido con mayor vehemencia para
demostrar la existencia de emociones básicas es el hecho de que tanto la expresión
como el reconocimiento sea un proceso innato y universal. Este argumento darwinista
fue expuesto inicialmente por Tomkins (1962) y ha sido desarrollado especialmente por
Ekman e Izard (Ekman, 1994; Izard, 1994). No obstante, tampoco sobre esta cuestión
existe consenso, más bien al contrario aparecen estudios experimentales que no
corroboran la hipótesis de la universalidad en la expresión y reconocimiento de la
expresión facial de las emociones y que ponen de manifiesto que se trata de una
conclusión producto de importantes sesgos metodológicos (Russell, 1994; Chóliz,
1995c).
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4. ANÁLISIS DIMENSIONAL DE LAS EMOCIONES
Si bien algunas de las principales discusiones teóricas actuales giran en torno a si
existen emociones básicas y si el reconocimiento de las mismas es universal (y esto es
un hecho controvertido, tal y como hemos puesto de manifiesto), lo cierto es que existen
ciertos patrones de reacción afectiva distintivos, generalizados y que suelen mostrar una
serie de características comunes en todos los seres humanos. Se trata de las emociones
de alegría, tristeza, ira, sorpresa, miedo y asco. Podemos defender incluso que se
caracterizan por una serie de reacciones fisiológicas o motoras propias, así como por la
facilitación de determinadas conductas que pueden llegar a ser adaptativas. En este
apartado vamos a repasar algunas de las características principales de dichas emociones,
que son sobre las que existe un mayor consenso a la hora de considerarlas como
distintivas.
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Felicidad
Características La felicidad favorece la recepción e interpretación positiva de los
diversos estímulos ambientales. No es fugaz, como el placer, sino
que pretende una estabilidad emocional duradera (Delgado, 1992).
Instigadores -Logro, consecución exitosa de los objetivos que se pretenden.
-Congruencia entre lo que se desea y lo que se posee, entre las
expectativas y las condiciones actuales y en la comparación con los
demás (Michalos, 1986)
Actividad
fisiológica
-Aumento en actividad en el hipotálamo, septum y núcleo amigdalino
(Delgado, 1992)
-Aumento en frecuencia cardiaca, si bien la reactividad
cardiovascular es menor que en otras emociones, como ira y miedo
(Cacioppo y cols., 1993).
-Incremento en frecuencia respiratoria (Averill, 1969)
Procesos
cognitivos
implicados
-Facilita la empatía, lo que favorecerá la aparición de conductas
altruistas (Isen, Daubman y Norwicki, 1987)
-Favorece el rendimiento cognitivo, solución de problemas y
creatividad (Isen y Daubman, 1984), así como el aprendizaje y la
memoria (Nasby y Yando, 1982).
-Dicha relación, no obstante, es paradójica, ya que estados muy
intensos de alegría pueden enlentecer la ejecución e incluso pasar por
alto algún elemento importante en solución de problemas y puede
interferir con el pensamiento creativo (Izard, 1991).
Función -Incremento en la capacidad para disfrutar de diferentes aspectos de
la vida.
-Genera actitudes positivas hacia uno mismo y los demás, favorece el
altruismo y empatía (Isen, Daubman y Norwicki, 1987).
-Establecer nexos y favorecer las relaciones interpersonales (Izard,
1991)
-Sensaciones de vigorosidad, competencia, trascendencia y libertad
(Meadows,1975)
-Favorece procesos cognitivos y de aprendizaje, curiosidad y
flexibilidad mental (Langsdorf, Izard, Rayias y Hembree, 1983).
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Experiencia
subjetiva
-Estado placentero, deseable,
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Ira
Características. La ira es el componente emocional del complejo AHI (AgresividadHostilidad-Ira).
La hostilidad hace referencia al componente
cognitivo y la agresividad al conductual. Dicho síndrome está
relacionado con trastornos psicofisiológicos, especialmente las
alteraciones cardiovasculares (Fdez-Abascal y Martín, 1994a,b).
Instigadores -Estimulación aversiva, tanto física o sensorial, como cognitiva
(Berkowitz, 1990)
-Condiciones que generan frustración (Miller, 1941), interrupción de
una conducta motivada, situaciones injustas (Izard, 1991), o
atentados contra valores morales (Berkowitz, 1990).
-Extinción de la operante, especialmente en programas de
reforzamiento continuo (Skinner, 1953
-Inmovilidad (Watson, 1925), restricción física o psicológica
(Campos y Stenberg, 1981)
Actividad
fisiológica
-Elevada actividad neuronal y muscular (Tomkins, 1963).
-Reactividad cardiovascular intensa (elevación en los índices de
frecuencia cardiaca, presión sistólica y diastólica) (Cacioppo y cols.,
1993).
Procesos
cognitivos
implicados
-Focalización de la atención en los obstáculos externos que impiden
la consecución del objetivo o son responsables de la frustración
(Stein y Jewett, 1986).
-Obnubilación, incapacidad o dificultad para la ejecución eficaz de
procesos cognitivos.
Función -Movilización de energía para las reacciones de autodefensa o de
ataque (Averill, 1982).
-Eliminación de los obstáculos que impiden la consecución de los
objetivos deseados y generan frustración. Si bien la ira no siempre
concluye en agresión (Lemerise y Dodge, 1993), al menos sirve para
inhibir las reacciones indeseables de otros sujetos e incluso evitar una
situación de confrontación.
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Experiencia
subjetiva
-Sensación de energía e impulsividad, necesidad de actuar de forma
intensa e inmediata (física o verbalmente) para solucionar de forma
activa la situación problemática.
-Se experimenta como una experiencia aversiva, desagradable e
intensa. Relacionada con impaciencia.
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Miedo
Características. El miedo y la ansiedad quizá sean las emociones que han generado
mayor cantidad de investigación y sobre las que se han desarrollado
un arsenal de técnicas de intervención desde cualquier orientación
teórica en psicología. El componente patológico son los trastornos
por ansiedad están relacionados con una reacción de miedo
desmedida e inapropiada. Es una de las reacciones que produce
mayor cantidad de trastornos mentales, conductuales, emocionales y
psicosomáticos. La distinción entre ansiedad y miedo podría
concretarse en que la reacción de miedo se produce ante un peligro
real y la reacción es proporcionada a éste, mientras que la ansiedad es
desporporcionadamente intensa con la supuesta peligrosidad del
estímulo (Bermúdez y Luna, 1980; Miguel-Tobal, 1995).
Instigadores -Situaciones potencialmente peligrosas o EC’s que producen RC de
miedo. Los estímulos condicionados a una reacción de miedo pueden
ser de lo más variado y, por supuesto, carecer objetivamente de
peligro.
-Situaciones novedosas y misteriosas, especialmente en niños
(Schwartz, Izard y Ansul, 1985).
-Abismo visual (Gibson y Walk, 1960) en niños, así como altura y
profundidad (Campos, Hiatt, Ramsay, Henderson y Svejda, 1978)
-Procesos de valoración secundaria que interpretan una situación
como peligrosa (Lazarus, 1977, 1991a).
-Dolor y anticipación del dolor (Fernández y Turk, 1992)
-Pérdida de sustento (Watson, 1920) y, en general, cambio repentino
de estimulación.
Actividad
fisiológica
-Aceleración de la frecuencia cardiada, incremento de la
conductancia y de las fluctuaciones de la misma (Cacioppo y cols.,
1993).
Procesos
cognitivos
implicados
-Valoración primaria: amenaza. Valoración secundaria: ausencia de
estrategias de afrontamiento apropiadas (Lazarus, 1993).
-Reducción de la eficacia de los procesos cognitivos, obnubilación.
Focalización de la percepción casi con exclusividad en el estímulo
temido.
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Función -Facilitación de respuestas de escape o evitación de la situación
peligrosa. El miedo es la reacción emocional más relevante en los
procedimientos de reforzamiento negativo (Pierce y Epling, 1995).
-Al prestar una atención casi exclusiva al estímulo temido, facilita
que el organismo reaccione rápidamente ante el mismo.
-Moviliza gran cantidad de energía. El organismo puede ejecutar
respuestas de manera mucho más intensa que en condiciones
normales. Si la reacción es excesiva, la eficacia disminuye, según la
relación entre activación y rendimiento (Yerkes y Dodson, 1908).
Experiencia
subjetiva
-Se trata de una de las emociones más intensas y desagradables.
Genera aprensión, desasosiego y malestar.
-Preocupación, recelo por la propia seguridad o por la salud.
-Sensación de pérdida de control.
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Tristeza
Características -Aunque se considera tradicionalmente como una de las emociones
displacenteras, no siempre es negativa (Stearns, 1993). Existe gran
variabilidad cultural e incluso algunas culturas no poseen palabras
para definirla.
Instigadores -Separación física o psicológica, pérdida o fracaso (Camras y
Allison, 1989)
-Decepción, especialmente si se han desvanecido esperanzas puestas
en algo.
-Situaciones de indefensión, ausencia de predicción y control. Según
Seligman (1975) la tristeza aparece después de una experiencia en la
que se genera miedo debido a que la tristeza es el proceso oponente
del pánico y actividad frenética.
-Ausencia de actividades reforzadas y conductas adaptativas
(Lewinsohn, 1974)
-Dolor crónico (Sternbach, 1978, 1982)
Actividad
fisiológica
-Actividad neurológica elevada y sostenida (Reeve, 1994).
-Ligero aumento en frecuencia cardiaca, presión sanguínea y
resistencia eléctrica de la piel (Sinha, Lovallo y Parsons, 1992).
Procesos
cognitivos
implicados
-Valoración de pérdida o daño que no puede ser reparado (Stein y
Levine, 1990).
-Focalización de la atención en las consecuencias a nivel interno de
la situación (Stein y Jewett, 1986).
-La tristeza puede inducir a un proceso cognitivo característico de
depresión (tríada cognitiva, esquemas depresivos y errores en el
procesamiento de la información), que son, según Beck, los factores
principales en el desarrollo de dicho trastorno emocional (Beck,
1983)
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Función -Cohesión con otras personas, especialmente con aquéllos que se
encuentran en la misma situación (Averill, 1979).
-Disminución en el ritmo de actividad. Valoración de otros aspectos
de la vida que antes de la pérdida no se les prestaba atención (Izard,
1991).
-Comunicación a los demás que no se encuentra bien y ello puede
generar ayuda de otras personas (Tomkins, 1963), así como
apaciguamiento de reacciones de agresión por parte de los demás
(Savitsky y Sim, 1974), empatía, o comportamientos altruistas
(Huebner e Izard, 1988).
Experiencia
subjetiva
-Desánimo, melancolía, desaliento.
-Pérdida de energía
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Sorpresa
Características -Se trata de una reacción emocional neutra, que se produce de forma
inmediata ante una situación novedosa o extraña y que se desvanece
rápidamente, dejando paso a las emociones congruentes con dicha
estimulación (Reeve, 1994).
Instigadores -Estímulos novedosos débiles o moderadamente intensos,
acontecimientos inesperados.
-Aumento brusco de estimulación.
-Interrupción de la actividad que se está realizando en ese momento.
Actividad
fisiológica
-Patrón fisiológico característico del reflejo de orientación:
disminución de la frecuencia cardiaca,
-Incremento momentáneo de la actividad neuronal.
Procesos
cognitivos
implicados
-Atención y memoria de trabajo dedicadas a procesar la información
novedosa.
-Incremento en general de la actividad cognitiva.
Función -Facilitar la aparición de la reacción emocional y conductual
apropiada ante situaciones novedosas. Eliminar la actividad residual
en sistema nervioso central que pueda interferir con la reacción
apropiada ante las nuevas exigencias de la situación (Izard, 1991).
-Facilitar procesos atencionales, conductas de exploración e interés
por la situación novedosa (Berlyne, 1960).
-Dirigir los procesos cognitivos a la situación que se ha presentado
(Reeve, 1994).
Experiencia
subjetiva
-Estado transitorio. Aparece rápidamente y de duración momentánea
hasta para dar paso a una reacción emocional posterior.
-Mente en blanco momentáneamente.
-Reacción afectiva indefinida, aunque agradable. Las situaciones que
provocan sorpresa se recuerdan no tan agradables como la felicidad,
pero más que emociones como ira, tristeza, asco o miedo (Izard,
1991).
-Sensación de incertidumbre por lo que va a acontecer.
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Asco
Características El asco es una de las reacciones emocionales en las que las
sensaciones fisiológicas son más patentes. La mayoría de las
reacciones de asco se generan por condicionamiento interoceptivo.
Está relacionado con trastornos del comportamiento, tales como la
anorexia y bulimia, pero puede ser el componente terapéutico
principal de los tratamientos basados en condicionamiento aversivo,
tales como la técnica de fumar rápido (Becoña, 1985).
Instigadores -Estímulos desagradables (químicos fundamentalmente)
potencialmente peligrosos o molestos.
-EC´s condicionados aversivamente. Los EI’s suelen ser olfativos o
gustativos.
Actividad
fisiológica
-Aumento en reactividad gastrointestinal
-Tensión muscular
Función -Generación de respuestas de escape o evitación de situaciones
desagradables o potencialmente dañinas para la salud. Los estímulos
suelen estar relacionados con la ingesta de forma que la cualidad
fundamental es olfativa u olorosa (Darwin, 1872/1984), si bien los
EC’s pueden asociarse a cualquier otra modalidad perceptiva (escenas
visuales, sonidos, etc.)
-A pesar de que algunos autores restringen la emoción de asco a
estímulos relacionados con alimentos en mal estado o potencialmente
peligrosos para la salud (Rozin y Fallon, 1987), lo cierto es que esta
reacción emocional también se produce ante cualquier otro tipo de
estimulación que no tenga por qué estar relacionada con problemas
gastrointestinales. Incluso puede producirse reacción de asco ante
alimentos nutritivos y en buen estado.
-Potenciar hábitos saludables, higiénicos y adaptativos (Reeve,
1994).
Experiencia
subjetiva
-Necesidad de evitación o alejamiento del estímulo. Si el estímulo es
oloroso o gustativo aparecen sensaciones gastrointestinales
desagradables, tales como náusea.
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5. DINÁMICA DE LA REACCIÓN AFECTIVA
La reacción afectiva no es estática, sino que manifiesta un curso temporal
característico, en función de si el estímulo que la elicita está presente, o ausente, así
como del tiempo en que dicho estímulo haya estado incidiendo. La dinámica de dicha
reacción afectiva puede explicarse según dos modelos complementarios: la teoría
motivacional del proceso oponente (Solomon y Corbit, 1974; Solomon, 1977) y la
teoría de la transferencia de la excitación (Zillmann, 1978, 1983). La teoría de la
motivación del proceso oponente asume que en la respuesta del organismo ante un
instigador existen dos procesos afectivos: proceso-a y proceso-b. El proceso-a es la
respuesta primaria, natural, de reacción ante dicho instigador (RI en el caso de un EI).
Tiene las siguientes características:
a) Tiempo de reacción corto.
b) Establece su amplitud máxima rápidamente.
c) Una vez que el instigador ha desaparecido, decae rápidamente.
Cada proceso-a es seguido por un proceso-b, oponente. Los procesos-b tienen
cualidad afectiva opuesta a la del proceso-a y son:
a) De latencia o tiempo de reacción largo.
b) Lentos para establecer su amplitud máxima.
c) Lentos para decaer una vez que el instigador y su reacción primaria (procesoa)
han cesado.
La emoción experienciada consiste en la suma del proceso-a y del b y varía en
función de la presencia o ausencia del instigador de la reacción emocional y de la
evolución de los procesos a y b
Con las presentaciones repetidas del instigador de la reacción emocional los
procesos-a se debilitan, mientras que los procesos-b se fortalecen y duran más tiempo.
Los procesos-b se fortalecen con el uso y se debilitan con el desuso.
La dinámica de la reacción afectiva sería la siguiente: cuando un estímulo aparece se
desencadena rápida e intensamente el proceso-a (agitación, por ejemplo). El proceso-b
(calma) aparece más lentamente. Exteriormente se manifiesta el estado-A (fase 1). Si el
estímulo que produce la reacción afectiva se mantiene, la intensidad del proceso-a
disminuye y se produce la fase de adaptación (fase 2). Cuando los dos procesos a y b
(agitación y calma) tienen la misma fuerza se produce la fase de estabilidad (fase 3).
Cuando el instigador desaparece, el proceso-a se desvanece rápidamente, mientras que
el proceso-b todavía se mantiene un tiempo, por lo que es cuando realmente se
manifiesta exteriormente el estado-B, contrario al estado-A (fase 4). En el ejemplo que
estamos comentando, es el momento en el que después de desaparecer la situación que
producía una intensa agitación el organismo se encuentra en un estado de hipoactivación
y atonía generalizada. Si no vuelve a aparecer el instigador emocional poco a poco se va
volviendo a la normalidad (fase 5).
El patrón estándar de la dinámica afectiva tiene 5 fases:
1) techo de A
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2) adaptación de A
3) nivel estable de A
4) techo de B y
5) descenso de B y vuelta a la línea base
Como hemos puesto de manifiesto, ante la exposición repetida de la situación que
produce la reacción afectiva primaria, el proceso-b se fortalece, mientras que el procesoa
permanece inalterado. Ello explica el hecho de que cuando se presenta con frecuencia
dicho instigador emocional, el organismo manifiesta cada vez con más frecuencia
reacciones típicas de estado-B, es decir, la reacción afectiva se habitua, por lo que para
producir una emoción de la misma intensidad hace falta estímulos de mayor magnitud.
La teoría de la motivación del proceso oponente consiste en una explicación
homeostática, que describe un proceso útil para mantener una estabilidad emocional y
evitar desviaciones excesivas. Para ello, ante los estímulos que provocan una emoción,
que generan una reacción que hacen salir de la neutralidad al organismo (procesos-a), se
requieren otras respuestas de signo contrario (procesos-b) que restablezcan el equilibrio.
Las emociones que aparecen externamente en cada momento son fruto de la
combinación de los dos procesos.
No obstante, no todas las emociones producen semejante patrón de respuesta afectiva
oponente. Así, Mauro (1988) produjo felicidad y tristeza mediante hipnosis, pero
sólamente en la felicidad se constataron los fenómenos oponentes, no así en tristeza.
Según Solomon (1980), la reacción emocional de algunos estímulos consiste en
procesos-b, por lo que no se producen procesos oponentes. El problema estriba,
entonces en indentificar qué tipo de emociones son las que producen procesos-a y
cuáles sólamente procesos-b. Parece que en humanos son las emociones que generan
activación autonómica (tales como felicidad e ira), las que producirán procesos
oponentes. Mauro (1992) interpreta que no es que los procesos-a débiles no produzcan
procesos oponentes, sino que su desvanecimiento es más lento una vez que ha
desaparecido el estímulo que lo elicitaba, por lo que compensa los efectos del proceso
oponente y no se manifiesta la postreacción afectiva. El hecho de que desaparezcan más
lentamente puede ser debido a que los efectos que produce no son tan inmediatos, o a
que el estímulo que los elicita no desaparece repentinamente. Así, la tristeza puede ser
una reacción ante la pérdida, y ésta no desaparece. Muchos de los estímulos que
producen reacciones emocionales son estímulos psicológicos, más que físicos, lo que
hace difícil determinar cuándo desaparecen para el individuo. Esto explicaría el hecho
de que en esos casos el proceso-a desapareciera lentamente.
La teoría de la transferencia de la excitación (Zillman, 1978, 1983) establece que un
evento determinado produce una activación simpática, que se generaliza a diferentes
funciones fisiológicas y que se mantiene de forma difusa durante un cierto tiempo. Si en
ese periodo de tiempo aparecen otros eventos ambientales, el individuo atribuye que el
arousal que padece es debido a dichos estímulos y la respuesta a los mismos puede
incrementarse. La lógica sería la siguiente: un estímulo produce un estado difuso de
activación que irá disminuyendo poco a poco. Si antes de que desaparezca aparece un
estímulo (supuestamente relevante) que produce una activación determinada, tal
respuesta se suma a los efectos del arousal anterior que estaba disminuyendo, de forma
que el individuo aprende a reaccionar con una mayor intensidad ante este estímulo
nuevo. Ello explicaría por qué es importante la activación en la generación de respuestas
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agresivas, la relación entre las mismas y los delitos sexuales, aumento de la respuesta
emocional debido al ejercicio físico, etc.
Los postulados básicos de este modelo son los siguientes:
a) Los estímulos emocionales generan un estado de activación simpática difuso.
b) Cuando dos estímulos acontecen juntos, o cercanos en el tiempo, los efectos
sobre dicho arousal se suman.
c) El individuo interpreta el arousal producido por la adición de ambos estímulos
como responsabilidad del más saliente (generalmente el último de ellos).
Respecto al primer punto, la cuestión es controvertida, puesto que existen
investigaciones que defienden la hipótesis de la especificidad en la reacción fisiológica
de las emociones. Respecto a la sumación del arousal, también existen investigaciones
contradictorias, pero ello puede ser debido precisamente a que no todos los estímulos
emocionales producen la misma reacción fisiológica. Sólamente en el caso de que
produjeran la misma respuesta tendría sentido que se sumaran los efectos.
Según Mauro (1992), la teoría de la motivación del proceso oponente y la de la
transferencia de la activación son corolarios de un modelo general de la dinámica
afectiva basado en tres principios generales: homeostasis, consolidación afectiva en
base a la regulación de procesos oponentes y variación temporal de la respuesta
emocional.
En lo que se refiere a la homeostasis, la teoría de la motivación del proceso oponente
se basa en los efectos compensatorios de las dos ramas del sistema nervioso autónomo.
La reacción simpática es la responsable de la reacción emocional primaria, mientras que
la parasimpática daría cuenta del proceso oponente. Existen dos reacciones oponentes,
una inmediata, reacción nerviosa, y otra lenta, hormonal.
Respecto a la consolidación afectiva, los efectos de dos estímulos emocionales
pueden producir aumento o disminución de la respuesta inicial, en función de si
producen las mismas respuestas o si éstas son incompatibles.
Así, podemos predecir la respuesta emocional en diferentes situaciones, teniendo en
cuenta ambas teorías (proceso oponente y transferencia de la excitación), en función del
momento (proceso oponente) puesto que pueden acontecer procesos-a o procesos-b, y
de los estímulos que acontezcan que produzcan otra activación adicional (transferencia
excitación).
Mauro (1988) demostró que cuando se presentaban un EC relacionado con estado de
felicidad al mismo tiempo que otro asociado a tristeza, los efectos se compensaban y el
sujeto no mostraba reacción emocional ninguna. De la misma manera, los efectos
pueden sumarse si los dos tienen la misma dirección.
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6. VARIABLES IMPLICADAS EN LA EMOCIÓN (TEORÍAS SOBRE
LA EMOCIÓN)
Al igual que en el caso de la motivación, una de las razones de la variedad de
modelos teóricos acerca de la emoción se debe al hecho de que cada orientación incide
especialmente sobre algunas de las variables que la componen, sobre las cuales se
establecen los diversos desarrollos conceptuales y procede al estudio de las mismas
mediante procedimientos metodológicos alternativos. Vamos a centrarnos en algunos de
los aspectos que consideramos de interés, recordando en cada caso los acercamientos
teóricos más representativos.
De una forma similar a la clasificación de Plutchik (1980), las principales variables
que vamos a describir se han abordado desde perpectivas: a) evolucionistas (con
Darwin como principal punto de referencia), b) psicofisiológicas (seguidoras de la
tradición de James), c) neurológicas (cuyos desarrollos teóricos arrancan de Cannon), d)
conductistas (que enfatizan procesos de condicionamiento como Watson pusiera de
manifiesto a principios de siglo), e) teorías de la activación (con diferentes autores, de
los que Lindsley quizá sea uno de los más representativos) y f) cognitivas (desarrolladas
a partir de los experimentos de Schachter y, en la actualidad, unas de las más
representativas).
6.1. Posiciones evolucionistas.
Una de las características principales de la emoción, como bien han puesto de
manifiesto las teorías evolucionistas, es la función adaptativa de las emociones, tanto
como facilitadoras de la respuesta apropiada ante las exigencias ambientales, como
inductoras de la expresión de la reacción afectiva a otros individuos. Así, según la
primera de estas funciones, la cólera facilitaría el ataque, mientras que el miedo
favorecería la huída o la inmovilidad corporal defensiva, por ejemplo. Respecto a la
segunda de las funciones, la expresión de cólera puede servir para amedrentar a otro
individuo en una situación comprometida, mientras que la expresión de miedo podría
ser útil para apaciguar una reacción intensa por parte de un agresor.
Uno de los postulados principales de esta orientación es el de la existencia de
emociones básicas, necesarias para la supervivencia y que derivan de reacciones
similares en los animales inferiores. El resto de emociones (“emociones derivadas”) se
generan por combinaciones específicas de aquéllas (Plutchik, 1984). En las emociones
básicas el componente innato es mucho más patente, lo que se refleja en la similitud de
expresión en todos los individuos de la misma especie.
En lo que se refiere a la expresión emocional, tanto histórica como teóricamente, el
objeto de estudio de mayor interés ha sido la expresión facial de las emociones. La
universalidad de la expresión y el reconocimiento facial de las emociones se ha tomado
como indicador de la existencia de patrones innatos de respuesta emocional, evidencia
de la continuidad filogenética de las emociones (Darwin, 1872/1984) y, principalmente,
como constatación de la existencia de una serie de emociones básicas cuyo
reconocimiento sería universal en la especie humana y fruto de las cuales derivarían el
resto de reacciones afectivas (Ekman, 1989, 1992, 1993, 1994; Ekman y Friesen, 1978;
Izard, 1977, 1992, 1993, 1994).
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En este aspecto el legado de Darwin es palpable tanto a nivel conceptual como
metodológico (Chóliz y Tejero, 1995). Las teorías evolucionistas asumen los principios
darwinistas de que a) la emociones cumplen un papel fundamental en la evolución,
facilitando las respuestas adaptativas que exigen las condiciones ambientales, b) que
existen una serie de emociones fundamentales de las cuales derivan el resto de las
emociones secundarias y c) que dichas emociones aparecen en todos los seres humanos
y tanto la expresión como el reconocimiento de las mismas es innato y universal. Para
demostrar tales asertos los procedimientos experimentales son los mismos que ya
utilizara Darwin hace más de cien años, a saber, el estudio de la expresión emocional en
niños y ciegos de nacimiento (que no han podido aprenderlo de otras personas), o el
estudio de la expresión y reconocimiento de las emociones en individuos de diferentes
culturas.
Según Plutchik (1991), las implicaciones de la teoría de Darwin respecto a la
psicología de la emoción podrían resumirse en cinco preguntas relativas a la expresión
de las emociones: a) ¿cuál es la naturaleza precisa de la expresión que estamos
observando?; b) ¿de qué otras respuestas se ha desarrollado a nivel ontogenético? c)
cuál es el origen filogenético de la misma?; d) ¿qué estados internos y estímulos
específicos interaccionan para producir tal conducta (causa proximal)? y e) ¿qué
implicaciones tiene para la supervivencia (causa final)?. Según el propio Plutchik,
aquellas disciplinas que pretenden dar respuesta a alguna de estas cuestiones
representan la herencia de Darwin.
No obstante, tal y como hemos comentado anteriormente, es un hecho controvertido
tanto la existencia de emociones básicas como el que la expresión y reconocimiento de
las mismas sea innato y universal (Ekman, 1994; Izard, 1994; Ortony y Turner, 1990;
Russell, 1994).
6.2. Variables psicofisiológicas.
La importancia de las variables psicofisiológicas arranca de la concepción de James
(1884) de que la emoción aparece como consecuencia de la percepción de los cambios
fisiológicos producidos por un determinado evento. En el caso de que no existan tales
percepciones somáticas la consecuencia principal sería la ausencia de cualquier reacción
afectiva. Además, las emociones similares se caracterizarían por un patrón visceral y
fisiológico similar, bien es cierto que dando pie a cierta especificidad individual.
El postulado principal de los modelos psicofisiológicos, que se derivan de la
hipótesis de James-Lange, presupone que cada reacción emocional se podría identificar
por un patrón fisiológico diferenciado (Ax, 1953), o al menos existirían algunos de ellos
que caracterizarían a las emociones similares entre sí. Esta pretensión se fundamenta
teóricamente en el fraccionamiento direccional (Lacey, 1967; Lacey y Lacey, 1980),
fenómeno caracterizado por el hecho de que ante una reacción determinada unas
variables autonómicas manifiestan los efectos de activación simpática, mientras que la
reacción de otras se distingue por una respuesta parasimpática, lo que favorece la
aparición de patrones de respuesta diferenciados para cada reacción afectiva.
Las investigaciones sobre este particular han sido numerosas y todavía son de
actualidad, algunas de las cuales han puesto de relieve patrones fisiológicos de respuesta
característicos de diferentes emociones (Levenson, Ekman y Friesen, 1990; Cacioppo y
cols., 1993). Así, por ejemplo, en lo que se refiere a la frecuencia cardiaca, las
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emociones negativas (miedo e ira) producen incrementos mayores en la misma que las
positivas, como la alegría. Si analizamos las diferencias entre las propias emociones
negativas, las reacciones de ira, miedo y tristeza suelen manifestar incrementos más
elevados en frecuencia cardiaca que las de asco. Por su parte, y referente a la
conductancia, los incrementos más significativos aparecen en las reacciones de tristeza,
miedo, ira y asco, mientras que emociones como la alegría producen variaciones
mínimas en dicha respuesta. Por último, en cuanto a la temperatura digital, la ira es la
que suele generar incrementos más elevados, mientras que el miedo se caracteriza por
un descenso en esta respuesta.
El hecho de que no hayan podido establecerse diferencias entre todas las emociones
puede ser reflejo de que se precisan otro tipo de registros fisiológicos menos utilizados
en la investigación experimental en este campo, tales como respiración, o porque de
hecho sea posible distinguirlas por la expresión facial, pero no en base a las reacciones
vegetativas. Estos resultados podrían explicarse mediante la hipótesis de la
especificidad autonómica, en concreto, mediante la existencia de programas
psicobiológicos para cada emoción que, una vez puestos en marcha, activan los
diferentes componentes (motores, autonómicos, etc.). La existencia de tales programas
psicobiológicos facilitaría la realización de conductas adaptativas relacionadas con cada
una de las emociones, tal y como hemos señalado anteriormente.
No obstante, los resultados no son concluyentes, además de que los estudios
presentan serias dificultades metodológicas (Schmidt-Atzert, 1981). Sólamente
podemos argumentar que es posible que existan patrones fisiológicos diferentes de
respuesta en función de las reacciones emocionales, pero no podemos concluir que
dichos patrones de respuesta sean consistentes para un tipo de reacción emocional
determinada.
Otro de los tópicos relevantes en este área es la asunción de que existen diferencias
individuales en el patrón de respuesta fisiológico, de forma que la reacción individual
característica ante distintas exigencias ambientales puede ser la responsable de la
susceptibilidad a determinados trastornos. Wenger y Cullen (1972) señalaron que puede
establecerse un índice del equilibrio entre las dos ramas del sistema nervioso autónomo,
al que denominó balance autonómico, que estaría directamente relacionado con la
aparición de trastornos psicosomáticos. Muy relacionado con este índice está el
concepto de estereotipia individual, la evidencia de que cada individuo puede mantener
de forma consistente patrones fisiológicos de respuesta característicos ante
determinadas exigencias ambientales o estados emocionales. Si se trata de patrones de
respuesta excesivos (por su elevada intensidad o frecuencia) y potencialmente
peligrosos (por la disfunción que generan), ello puede conducir a la aparición de
trastornos orgánicos si es expuesto frecuentemente a dichas situaciones, a pesar de que
tales condiciones no generen alteración alguna en otras personas que no manifiestan este
patrón de respuesta. Un ejemplo de estereotipia individual es el modelo de
predisposición psicobiológica de Bakal y Kaganov (1977), del que una de las
derivaciones más interesantes es la explicación de la génesis de cefaleas. Según esta
hipótesis, quienes padecen cefaleas tienden a presentar un patrón de respuesta de
evitación no sólo ante los estímulos potencialmente peligrosos, o aversivos, sino
también ante los neutros (que deberían generar una respuesta de orientación) (Vallejo y
Labrador, 1983). El procedimiento de investigación de dicha predisposición que se ha
realizado más frecuentemente es exponer a diferentes personas (con trastornos
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psicosomáticos y sin trastornos psicosomáticos) a diferentes estímulos que produzcan
característicamente, bien una respuesta de orientación, bien una de defensa. El patrón
psicofisiológico desadaptativo que generaría las disfunciones somáticas debería ser el
hecho de reaccionar desadaptativamente, manifestando respuesta de evitación en los
casos en que debiera responder simplemente con reacciones de orientación. A pesar de
lo sugerente de esta hipótesis, nosotros no obtuvimos resultados concluyentes en un
estudio similar (Chóliz, Ibáñez, Capafóns, Aliaga y Sáez, 1989).
La metodología utilizada en las investigaciones de tradición psicofisiológica consiste
en evaluar los cambios producidos a nivel de la actividad del sistema nervioso central,
autónomo o somático en diferentes condiciones experimentales de inducción de
reacciones emocionales. Los sistemas de respuesta más utilizados han sido la respuesta
electrodermal (Shagass, 1972; Palmero y Jara, 1993), actividad gastrointestinal (Davis,
1986), reactividad cardiovascular (Blascovich y Katkin, 1993), actividad muscular, o
respiratoria (Chóliz, 1993). En la misma línea, Andreassi (1995) analiza recientemente
la asimetría en el EEG durante la experiencia de diversas emociones. Palmero (1993)
ofrece una descripción más extensa de las modalidades de evaluación psicofisiológica
más utilizadas en Psicología de la Motivación y Psicología de la Emoción.
6.3. Estructuras neurológicas centrales.
Es de sobras conocida la controversia que generó la teoría de James-Lange y las
críticas de Cannon a las mismas, fundamentalmente en lo que se refiere al papel de las
vísceras en la reacción emocional, así como al hecho de que la ausencia de sensaciones
visceroceptivas no produce ausencia de reacción emocional y a la evidencia de que las
sensaciones son mucho más lentas que la emoción evocada. Todo ello cuestionaría el
hecho de que dichas reacciones fisiológicas fueran un antecedente de la reacción
emocional. Las reacciones fisiológicas y viscerales no definirían la cualidad de la
reacción emocional, sino en todo caso la intensidad de la misma, preparando al
organismo para una eventual respuesta que requiriera un gasto energético de
importancia. Se trataría de una respuesta similar a todas las emociones, en la que la
única diferencia entre las mismas sería la intensidad con la que reaccionan, pero no en
un patrón de respuesta diferenciado. La rama simpática del sistema nervioso autónomo
sería la responsable de preparar al organismo para un gasto energético elevado, mientras
que el parasimpático restablecería el equilibrio. Es lo que se ha venido a denominar
teoría emergentista de las emociones (Cannon, 1931), que establece que lo
verdaderamente relevante en la génesis de la emoción es la actividad del sistema
nervioso central, en concreto la regulación que establece el tálamo, tanto sobre la
corteza en la génesis de la experiencia cualitativa de la emoción, como sobre el sistema
nervioso periférico, para la movilización de energía.
Las aportaciones teóricas más relevantes que se derivan de esta concepción se
agrupan en torno a la teoría de la activación general, que argumenta que existe un único
estado de activación general que caracterizaría a todas las emociones. Las diferencias
entre unas y otras sería cuestión de grado. Aunque posteriormente los estudios de Lacey
(1967) pondrían de manifiesto que puede existir disociación entre los principales
sistemas de respuesta (fraccionamiento de respuesta, especificidad individual y
estereotipia individual), la teoría de la activación general ha servido como marco
teórico de diferentes modelos de la emoción, de los que los de Lindsley (1951), Hebb
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(1955), o Malmo (1959) son algunos de los más representativos. Según estas primeras
aproximaciones teóricas, la relación entre activación y emoción vendría definida por la
existencia de un proceso único de activación en el que los sistemas cortical, autonómico
y somático estarían perfectamente coordinados y que sería el responsable de la cualidad
de las diferentes reacciones afectivas. Consecuentemente con estos planteamientos
teóricos, a nivel metodológico los estudios se han caracterizado por la selección de
alguna variable fisiológica (generalmente respuesta electrodermal o frecuencia cardiaca)
como indicadora del nivel de activación general y registrar la relación entre ésta y las
diferentes reacciones emocionales (Fenz y Epstein, 1967; Lader, 1975).
Los modelos neurológicos han evolucionado desde los planteamientos iniciales de la
unidimensionalidad de la activación, a la existencia de al menos dos sistemas de
activación (Swerdlow y Koob, 1987). El primero de ellos estaría organizado por el
córtex cerebral, implicaría a las estructuras cerebrales superiores y determinaría
especialmente procesos cognitivos y rendimiento. El otro sistema de activación
implicaría estructuras subcorticales y estaría directamente relacionado con el estado
emocional. Algunas de las aportaciones más relevantes del sistema emocional de
activación han puesto de manifiesto tanto la relevancia de determinados centros
cerebrales en la producción de reacciones emocionales, tales como el cerebro reptiliano
y cerebro mamífero antiguo (MacLean, 1949, 1986; Leven, 1992), como de las
estructuras responsables de las cualidades hedónicas del refuerzo en el sistema límbico
(Olds y Milner, 1954), o en el hipotálamo (Rosenzweig y Leiman, 1992).
En la actualidad parece asumido que, pese a que las estructuras subcorticales son de
especial relevancia en los sistemas emocionales básicos, el papel del córtex no
sólamente se ciñe a ejercer efectos inhibidores sobre dichas reacciones afectivas, sino
que está involucrado principalmente en la experiencia emocional, especialmente en lo
que hace referencia a los procesos cognitivos característicos de la emoción (Panksepp,
1991; Pribram, 1973). De hecho, actualmente se conocen con precisión la relación entre
los parámetros de condicionamiento de reacciones emocionales tales como el miedo y
los procesos neurales implicados que pueden ser de utilidad para establecer modelos
neurológicos mucho más completos de la experiencia emocional (LeDoux, 1995).
Como puede suponerse, los procedimientos
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6.4. Aspectos conductuales.
En la tradición conductista las emociones se entienden como respuestas
condicionadas que se generan cuando un estímulo neutro se asocia con un EI que es
capaz de elicitar una respuesta emocional intensa. Las primeras elaboraciones teóricas,
puestas de manifiesto por Watson (Watson y Rayner, 1920; Watson, 1925), dieron pie a
otras aportaciones como la teoría de los dos factores (Mowrer, 1947) en la que se
defiende que la adquisición y consolidación de la respuesta emocional (en este caso
fobias) se desarrolla en dos etapas, una primera de adquisición de la RC mediante
condicionamiento clásico y una segunda de consolidación, en la que la conducta de
evitación de los EC’s produce un alivio de la RC, respuesta que se mantiene mediante
reforzamiento negativo. Posteriormente, Rescorla y Solomon (1967) desarrollan la
teoria moderna de los dos procesos, en la que se pone de manifiesto cómo puede
producirse una reacción emocional tanto en el proceso de condicionamiento clásico,
como en el operante, en función de si los Ed’s, o EC’s indican presencia o ausencia de
contingencias aversivas o apetitivas. El valor de este modelo estriba en que pueden
establecerse predicciones acerca de los efectos de dicha reacción emocional en la
conducta operante, concretamente cómo la reacción emocional puede fortalecer o
debilitar la conducta establecida previamente. Las predicciones de este modelo se han
corroborado a nivel experimental con los paradigmas de estudio de la respuesta
emocional condicionada (REC) y automodelamiento (Rachlin, 1988).
Estas investigaciones son especialmente relevantes por cuanto se circunscriben a un
área de investigación de gran relevancia y actualidad en condicionamiento, como es la
interacción entre condicionamiento clásico y operante y los efectos que ambos
procedimientos de aprendizaje ejercen el uno sobre el otro. En dicha interacción las
reacciones emocionales juegan un papel de extraordinaria relevancia, puesto además de
manifiesto por el hecho de que desde las formulaciones teóricas del aprendizaje se
asuma que dicha interacción no sólamente se produce a nivel externo, sino también a
nivel interno (Millenson y de Villiers, 1972).
En la tradición conductista, el hecho de poder predecir cómo puede verse afectada la
operante en función de la reacción emocional, hace que las emociones pierdan la
consideración (para dicha orientación) de causas internas, ficticias e imaginarias de la
conducta, para convertirse en un proceso digno de estudio por sus efectos en el
comportamiento (Chóliz, 1994d).
Para finalizar, debemos destacar que, ni la respuesta emocional condicionada ejerce
su influencia sólamente como inhibidora del condicionamiento (si bien la supresión
condicionada es posiblemente el área experimental donde se han realizado mayor
número de investigaciones), ni el papel del condicionamiento operante se ciñe
exclusivamente a la reducción de la RC de miedo o de ansiedad. Por poner sólamente
unos ejemplos, el hecho de que puedan reforzarse positivamente las respuestas
emocionales viene constatándose desde las primeras investigaciones sobre biofeedback
y condicionamiento de respuestas emocionales (Kimmel, 1967; Miller, 1969). la
respuesta emocional puede aprenderse incluso por aprendizaje vicario (Bandura y
Rosenthal, 1966), mantenerse aún en condiciones que debieran producir extinción de la
RC, tal y como se pone de manifiesto en el modelo de incubación de ansiedad
(Eysenck, 1968, 1985; Chorot, 1989), al tiempo que las modificaciones en el proceso de
contingencia pueden acarrear severas alteraciones emocionales, como se evidencia en
Psicología de la Emoción: el proceso emocional
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las investigaciones sobre indefensión aprendida (Seligman, 1975: Abramson, Seligman
y Teasdale, 1978).
A nivel metodológico, los trabajos desde esta perspectiva han utilizado como
paradigma experimental los procesos de condicionamiento, especialmente el
condicionamiento clásico. Digamos que hasta la aparición de las técnicas de
biofeedback (Miller, 1969) uno de los axiomas fundamentales era que el operante y el
respondiente diferían incluso en los procesos implicados. Uno de los ejemplos
paradigmáticos era la suposición de que las respuestas viscerales y glandulares,
reguladas por el sistema nervioso autónomo no son susceptibles de ser condicionadas de
forma operante (Skinner, 1938; Mowrer, 1947). Dada la relación entre la actividad de
dichas respuestas y las reacciones afectivas, así como el hecho de la incomodidad del
concepto de emoción en el análisis experimental de la conducta (Skinner, 1953), durante
décadas el condicionamiento clásico, y no el operante, ha sido el procedimiento de
elección en la investigación sobre emoción y condicionamiento.
Todo cambió cuando a principios de la década de los sesenta, Neal E. Miller y su
equipo de la Universidad de Rockefeller realizaron una serie de experimentos que
supusieron un hito en la comprensión de la relación entre procesos de
condicionamiento, emociones y salud. Independientemente de si la modificación de la
respuesta se establecía con la mediación del sistema nervioso central y de la
musculatura esquelética, o no, lo cierto es que se puso de evidencia el hecho de que
podía condicionarse de forma operante respuestas gobernadas por el sistema nervioso
autónomo, tales como frecuencia cardiaca, presión sanguínea, temperatura, o nivel de
secreción de orina. Por otro lado, las técnicas de biofeedback demostraron su utilidad no
sólamente en la modificación de trastornos somáticos, sino también en alteraciones
emocionales. Según Vila (1984), la aplicación de las técnicas de biofeeback en la
intervención ante alteraciones emocionales se basa en el hecho de que es el
procedimiento más eficaz en la modificación del patrón fisiológico de la reacción
emocional. Servirá tanto para modificar o eliminar las reacciones fisiológicas
características de las alteraciones emocionales, como para la inducción de patrones
fisiológicos propios de estados emocionales adaptativos.
6.5. Variables cognitivas.
Según algunos autores la emoción es una consecuencia de los procesos cognitivos.
Las diferencias entre los diferentes acercamientos teóricos estriba en el papel que le
otorgan a determinado proceso en la génesis de la reacción emocional (Cano, 1995a,
1995b) como, por ejemplo, la evaluación de la situación y de las estrategias de coping
(Lazarus, 1991a, 1991b), expectativas y conformidad con normas sociales (Scherer,
1984, 1992), a la atribución de causalidad (Weiner, 1986), o a las diferencias en
procesamiento de la información emocionalmente relevante (Mathews y MacLeod,
1994).
En las aproximaciones cognitivas iniciales de la emoción se defendia que la reacción
ante una situación es de tipo fisiológico, consistente en un incremento difuso y
generalizado de la activación. Posteriormente, la interpretación cognitiva de dicha
reacción fisiológica es la que determinará la cualidad de la emoción (Marañón, 1924;
Schachter y Singer, 1962; Mandler, 1975). En cualquier caso la emoción
necesariamente surgiría como consecuencia de los dos factores que hemos señalado:
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activación e interpretación cognitiva. La magnitud de la reacción fisiológica
determinaría la intensidad de la reacción emocional, mientras que los procesos
cognitivos darían razón de la cualidad de la misma.
Posteriormente, Arnold (1960) señalaría que los procesos cognitivos no surgen
sólamente después de haberse producido una reacción fisiológica y como interpretación
de la misma, sino que se produce una evaluación primaria de la situación ambiental
antes incluso de la propia reacción fisiológica. Se trata de una primera interpretación
global del estímulo como bueno o malo (es decir, agradable/desagradable,
beneficioso/peligroso, etc.). Más recientemente, Mandler (Mandler, 1982; MacDowell y
Mandler, 1989) argumenta que, si bien las dos variables principales implicadas en la
génesis de la reacción emocional son el arousal y la interpretación cognitiva, son estas
últimas las que determinan la emoción. El arousal sólamente sería el sustrato. La
relevancia del arousal sería muy limitada, ya que las personas sólamente son capaces de
distinguir entre un arousal elevado y otro bajo, pero no el nivel de otras variables
fisiológicas concretas, de forma que el grado de activación ejercería un papel
indiferenciado únicamente en el grado de intensidad de la emoción. Incluso la propia
activación podría producirse por una incongruencia en los esquemas cognitivos
(ocurrencia de un hecho inesperado o no ocurrencia de un evento previsto). Esta
activación, a su vez, instiga a una interpretación cognitiva de la situación que es la que
determinaría la cualidad de la emoción.
Así pues, desde Marañón a Mandler, los autores que defienden posiciones cognitivas
han ido otorgando progresivamente un papel de mayor relevancia a los procesos
cognitivos que el simple etiquetado de una reacción fisiológica, e incluso han destacado
que lo verdaderamente necesario para que se produzca una emoción son los procesos
cognoscitivos implicados.
De entre todos los procesos cognitivos, los más destacables son los siguientes:
a. Procesos de valoración cognitiva.
Lazarus (1977, 1993) desarrolla su modelo teórico de las emociones basándose en la
teoría cognitiva del estrés que había establecido con anterioridad (Lazarus, 1966).
Según postula este modelo, en un primer momento se evalúan las consecuencias
positivas o negativas de una situación determinada (valoración primaria).
Posteriormente se analizan los recursos que se poseen para hacer frente a dicha
situación (valoración secundaria). La cualidad de la reacción emocional es
consecuencia directa de los procesos de valoración cognitiva (Lazarus, 1982) y cada
evaluación conduce a un tipo de emoción, manifestada por una tendencia a acción y
expresión características.
Para Lazarus no es adecuado plantear si la emoción precede a la cognición o si es
consecuencia de la misma. La relación es bidireccional y ambas están intrínsecamente
unidas, ya que la cognición es una parte fundamental de la emoción, que le proporciona
la evaluación del significado
b. Atribución de causalidad.
Según Weiner (1980, 1985, 1986; 1992, 1993) la reacción emocional puede
analizarse siguiendo la secuencia atribución-emoción-acción. Específicamente, después
Psicología de la Emoción: el proceso emocional
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de la ejecución conductual acontece una valoración primaria ceñida a las consecuencias
agradables o desagradables de la misma. Surgiría una primera emoción preliminar. En
un segundo momento, y esto es lo verdaderamente relevante para Weiner, se analizan
las causas de dicho resultado. En función de dicha atribución de causalidad emerge la
emoción más elaborada. Dicha emoción será la que ejerza ulteriormente un papel
motivacional en la conducta posterior.
A continuación resumimos las atribuciones causales más importantes y el estado
emocional evocado en función de la consecución, o no, del objetivo de la conducta.
A. Éxito, consecución del objetivo pretendido
Atribución causal Estado emocional evocado
Esfuerzo Relajación
Habilidad Sentirse orgulloso
Suerte Sorpresa
Exito es responsabilidad de otros Gratitud
Dificultad de la tarea Sentirse orgulloso
B. Fracaso, no consecución del objetivo pretendido
Atribución causal Estado emocional evocado
Esfuerzo Vergüenza, culpa.
Habilidad Incompetencia
Suerte Sorpresa
Fracaso es responsabilidad de otros Ira
Dificultad de la tarea Resignación
c. “Control de evaluación de los estímulos”
Según Scherer (Scherer, 1984, 1988, 1992; Pittam y Scherer, 1993) los estímulos
internos o externos se evalúan jerárquica y organizadamente en una serie de pasos, o
fases. Como consecuencia de dicho proceso de evaluación emergen las emociones
correspondientes. Dado el valor adaptativo de las emociones y el papel que ejercen en la
supervivencia, se entiende que dicho control se ejecute de forma jerárquica y ordenada.
La secuencia es la siguiente: 1) novedad del estímulo (lo que supone una primera
valoración de la peligrosidad del evento), 2) dimensión placentera-displacentera, 3) si
propicia la consecución de una meta o una necesidad, 4) capacidad de enfrentarse a la
situación y consecuencias sobre el organismo y 5) la compatibilidad con las normas
sociales o personales. Cada una de las emociones puede analizarse en función de esta
secuencia de evaluación. Las que han sido estudiadas con mayor profundidad de
acuerdo con este esquema son: alegría, tristeza, vergüenza, ira, asco y miedo.
Mariano Chóliz Montañés
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d. Imágenes mentales.
Lang (1977, 1979, 1990) postula que las imágenes mentales pueden entenderse como
una estructura proposicional que incluye componentes perceptivos y semánticos.
Semejante estructura proposicional de la imagen es la que induce las reacciones
fisiológicas que acompañan a las emociones, de forma que puede utilizarse el
entrenamiento en imaginación para el control de diferentes procesos o alteraciones
emocionales (Lang, 1979), dado que las respuestas fisiológicas inducidas están
directamente relacionadas con el tipo de imagen entrenada.
e. Procesamiento de información emocionalmente relevante
(Mathews y MacLeod, 1994). Los estados emocionales (tanto normales como
patológicos) están relacionados con patrones característicos de procesamiento de la
información emocionalmente relevante (Mathews y MacLeod, 1994). Así, por ejemplo,
la excesiva atención a la información amenazante puede generar reacciones de ansiedad,
de la misma forma que la incapacidad para eliminar los pensamientos intrusivos
negativos autorreferentes genera episodios depresivos. Las diferencias individuales en el
procesamiento de información emocionalmente relevante es el componente cognitivo de
la vulnerabilidad diferencial a trastornos emocionales, de las cuales el fracaso de las
técnicas que intentan eliminar la información amenazante bajo condiciones de estrés es
una de las principales causas originarias de las alteraciones afectivas.
Para finalizar centraremos nuestra atención en una de las controversias teóricas más
destacables en el estudio de la emoción, como es el debate generado acerca de la
relevancia de la cognición y de los fundamentos fisiológicos en la génesis de
emociones, o de la primacía de una sobre otra. Quienes defienden posturas cognitivistas
argumentan que los procesos cognitivos son necesarios para que se produzca una
emoción, que sin dicha actividad cognoscitiva no se produciría emoción alguna y que
cualquier reacción que se evocara carecería del componente afectivo (Schachter y
Singer, 1962; Lazarus, 1984; Averill, 1982; Arnold, 1960). Para quienes defienden
posturas biologicistas, la emoción puede evocarse sin tener en cuenta los aspectos
cognitivos, y ello se pone de manifiesto en los casos en los que se estimulan ciertas
estructuras subcorticales, como el sistema límbico, o en los que se generan emociones
por el mero hecho de una expresión facial característica, tal y como defiende la
hipótesis del feedback facial (Tomkins, 1962, 1963, 1980).
En este aspecto, la controversia más conocida quizá sea la que se estableció entre
Zajonc (1980, 1984) y Lazarus (1982, 1984), en lo que se refiere a la relevancia de los
procesos cognitivos en la emoción. Mientras que para Lazarus lo esencial son los
procesos de valoración y reevaluación, para Zajonc los procesos cognitivos no siempre
son necesarios y pueden producirse reacciones afectivas sin el concurso de los mismos,
apelando simplemente a reacciones fisiológicas. Después de una lectura de réplicas y
contrarréplicas, convenimos con Cano (1995a) que en ocasiones en sus
contraargumentos parece que no están tratando de los mismos fenómenos, que manejan
conceptos distintos y metodologías de estudio diferentes, pero que cuando abordan una
misma cuestión las coincidencias son mucho más abundantes que las discordancias, al
tiempo que la diferencia fundamental estriba simplemente en la relevancia que otorgan a
Psicología de la Emoción: el proceso emocional
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cada uno de los procesos, primando en un caso los aspectos cognitivos y en otro los
fisiológicos y conductuales.
6. EMOCIONES Y SALUD
Una de las áreas de mayor interés en la investigación experimental y la actividad
profesional es el papel de la emoción tanto en la promoción de la salud y génesis de la
enfermedad, como en las consideraciones terapéuticas implicadas. Los procesos
emocionales han demostrado su relevancia en alteraciones del sistema inmunologico
(Irwin, Daniels, Smith, Bloom y Weiner, 1987; Herbert y Cohen, 1993a,b), trastornos
coronarios (Fernández-Abascal y Martín, 1994a,b), diabetes (Goetsch, Van Dorsten,
Pbert, Ullrich y Yeater, 1993), trastornos del sueño (Chóliz, 1994b), enfermedad de
Graves (Sonino, Girelli y Boscaro, 1993), o dolor (Chóliz, 1994c), por poner sólamente
algunos ejemplos. La disciplina científica que recoge estas aportaciones es la actual
Psicología de la Salud (Matarazzo, 1982), heredera de la Medicina Conductual y
Medicina Psicosomática.
La relación entre procesos mentales y orgánicos es una cuestión presente no sólo en
los orígenes de la psicología, sino también en el inicio de la medicina. Desde que
Hipócrates estableciera una tipología que relacionaba temperamento con enfermedad, la
relación entre procesos psicológicos y reacciones fisiológicas (mente-cuerpo, psiquesoma)
ha sido uno de los problemas conceptuales de mayor envergadura. Podemos
afirmar que se trata de las cuestiones filosóficas que todavía quedan sin resolver en la
actual psicología experimental.
A pesar que se trate de una cuestión tan antigua como la propia medicina, sólo muy
recientemente se ha abordado su estudio de forma experimental. No obstante, desde el
acta fundacional de la Psicología de la Salud en la American Psychological Association
en 1978 (División 38 del APA), los avances en este ámbito han sido ciertamente
notorios. De entre todos los procesos psicológicos que inciden en la salud y enfermedad,
las emociones son, sin duda, uno de los más relevantes (Adler y Matthews, 1994).
La investigación sobre la relación entre emoción y salud se ha centrado, entre otros,
en dos grandes aspectos. En primer lugar, en establecer la etiopatogenia emocional de
ciertas enfermedades, intentando relacionar la aparición de determinadas emociones
(ansiedad, ira, depresión, etc.) con trastornos psicofisiológicos específicos (trastornos
coronarios, alteraciones gastrointestinales, o del sistema inmunológico, por ejemplo).
En segundo lugar, en el papel que ejerce la expresión o inhibición de las emociones en
la salud y en el enfermar.
Respecto a la relación entre reacciones afectivas y enfermedad y en lo que se refiere
a los trastornos coronarios, quizá uno de los tópicos más interesantes sea el del patrón
de conducta Tipo A. Concebido tradicionalmente como uno de los factores psicológicos
más relevantes en la inducción de trastornos cardiovasculares, investigaciones más
recientes vinieron a demostrar que tal relación no era consistente, justo cuando iba a ser
considerado por el Ministerio de Sanidad de Estados Unidos como uno de los factores
de riesgo de los trastornos coronarios. La explicación de la discrepancia entre las
distintas investigaciones estriba en que el patrón de conducta Tipo A es un concepto
Mariano Chóliz Montañés
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multidimensional que abarca diferentes aspectos conductuales, cognitivos y
emocionales y debería ser alguna característica específica de este complejo la
responsable de la génesis de los trastornos cardiovasculares. Parece que la dimensión
especialmente relacionada con la enfermedad coronaria es la hostilidad (Smith, 1992).
En cuanto a la hipertensión, Markovitz, Matthews, Kannel, Cobb y D’Agostino
(1993) en el prestigioso Framingham Heart Study lograron predicciones
extraordinariamente elevadas de la incidencia de hipertensión en base a las
puntuaciones en ansiedad, con independencia de la edad, obesidad, consumo de alcohol
o tabaco y hematocrito.
Depresión, ansiedad y estrés son, con toda seguridad, las reacciones emocionales
sobre las que más se ha estudiado su relación en la génesis de alteraciones en la salud.
Tanto el estrés como depresión están relacionados con el descenso de la actividad
inmunológica, manifestada por una disminución de la respuesta de linfocitos ante
diferentes mitógenos, así como una menor cantidad de células T, B, o linfocitos
granulares en sangre (Kiecolt-Glaser, Cacioppo, Malarkey y Glaser, 1992; Herbert y
Cohen, 1993a, b). Además, cuanta mayor reactividad simpática se muestre ante
condiciones de estrés, mayor grado de inmunosupresión se producirá ante dicha
situación estresora (Zakowski, McAllister, Deal y Baum, 1992). No obstante, no han
podido demostrarse relaciones significativas entre depresión y cáncer, a pesar de que en
esta enfermedad ejerza un papel de extraordinaria relevancia las alteraciones
inmunológicas (Zonderman, Costa y McCrae, 1989)
En lo que se refiere a la inhibición de las emociones, desde que Freud pusiera de
manifiesto la relevancia de la represión emocional en la génesis de alteraciones
psicosomáticas, la inhibición de las emociones ha sido considerada como una de las
variables principales que inciden en la enfermedad. No obstante, debemos decir que la
inhibición por sí sola no causa indefectiblemente alteraciones somáticas, ni es
inherentemente insana. De hecho en ocasiones puede ser un mecanismo adaptativo
(Pennebaker, 1993). Sólo en el caso que confluyan otras características, como una
excesiva activación somática, o interferencia con las estrategias de afrontamiento
adecuadas, la inhibición puede ir en menoscabo de la salud y ser un agente
etiopatogénico de envergadura. Así pues, las relaciones significativas que se han
constatado en ocasiones entre inhibición emocional y trastornos psicofisiológicos
posiblemente sean debidas al hecho de que la inhibición es un proceso activo que, lejos
de disminuir la activación autonómica, la incrementa durante periodos de tiempo
prolongados, interfiere con los procesos cognitivos implicados en la asimilación del
problema y estrategias de resolución, al tiempo que produce con facilidad
condicionamiento de las reacciones de inhibición (Wegner, Shortt, Blake y Page, 1990;
Pennebaker, 1993).

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